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Capítulo 12: Corazones, diamantes, picas y tréboles.

La noche siguió entre latas, botella, humo, y cartas. En aquel momento yo tenía la ciega grande, y me quedaban unos 26 euros en fichas. No era mucho, pero no solíamos jugar grandes cantidades. La verdad es que no tengo ni puta idea de estrategia en cuanto al póker se refiere… en fin.


Allí estaba yo, con mi botón morado con unas letras doradas que rezaban “Big Blind”, seis fichas verdes de 1 euro cada una, dos amarillas de 5 y una azul de 10. El tipo de mi derecha, no recuerdo su nombre… ¿Ralph? Bueno, llamémosle Ralph, puso una ficha amarilla y dos verdes en el tapete. -¡Joder!- pensé, no me había dado cuenta y ya me estaba jugando catorce euros de apuesta mínima, pero no estaba ahí sentado en La Oficina para pensar, y menos en el dinero, estaba para jugar, para ganar… ganar dinero. Coloqué sin pensar mi ficha azul y cuatro verdes en la mesa y seguimos jugando. Éramos cinco y nadie había dejado de apostar. Nadie se miraba. Nadie sonreía. Como en aquel cuadro de los perros jugando, pero bebiendo y fumando.

Me llegaron dos cartas… a ver… ¡La hostia! ¡9 y 10 de picas!... espero que nadie se haya dado cuenta de mi reacción. Ahora el otro tío de la derecha de Ralph… sea por ejemplo Tom, quema una carta, literalmente, ya que tenían una gran cantidad de barajas y siempre estrenaban, esto se debía a las habilidosas manos de Howard en la tienda del chino Jin-Qi (de esto sí que me acuerdo); y sacó tres cartas descubiertas sobre la mesa… una sota de rombos, bien… un 10 de tréboles, perfecto… y una reina de picas… ¡Dios mío soy rico!

El tío de mi izquierda, Ethan o Edward… Ed, subió con una amarilla, es decir, 5. Luego le tocó a Howard, ¡Ay, pobre Howey! No había hecho más que perder, y se fue de la partida, tiró las cartas sobre la mesa, encendió un cigarro y abrió una lata de cerveza, sin decir una palabra. Le tocó a Tom, maldito hijo de puta, dijo –Veo esos 5, y subo otros 5 más.- Ralph también tiró las cartas. A mí me quedaban sólo 12 fichas, pero no podía dejar pasar esa mano… ¡Maldita sea, era casi una jodida escalera! Y solté mis dos fichas amarillas. Esta vez Ed miró sus cartas indeciso y finalmente se fue.

-¡Muy bien, cabrones, quemad otra y tirad la siguiente!- voceé. Tom hizo lo propio y levantó un As de tréboles. Vi el brillo en los ojos de Tom, en ese momento le odiaba con todas mis ganas, subió los 2 euros que me quedaban a mí, y yo lo igualé desafiante. Tenía una cochina pareja de dieces. El bote ascendía a casi 100 euros, 99 para ser exactos, pero era una tremenda cantidad de dinero. Levantamos las cartas. A ver… un 10 de rombos y un As de corazones. El mamón tenía una doble pareja, y se reía mientras saboreaba su inminente victoria. Lo normal en una historia de la que yo, Paul Village, soy protagonista es que al quemar Tom una carta y sacara la siguiente, saliese un rey y yo consiguiese una genial escalera de 9 a rey, pero Tom conseguiría una superior y ganaría. Incluso podría suceder que Tom quemase la carta y La Oficina se incendiara, teniendo que escapar todos los ocupantes de la misma o morir calcinados. Sin embargo por una vez, esta vez, no ardió nada, ni salió un rey; salió un 8. Un magnífico y bien redondito 8 con su trébol de 3 redonditas hojas negras. La sonrisa de Tom se borró incrédula.

Y esta pudo ser, y de hecho lo fue, la única vez que gané 99 euros en una mano. Sobra decir que a la mañana siguiente no recordaba bien qué había sido de ese dinero, con el que se podría decir que compré una terrible y duradera resaca acompañada del dulce aroma de la victoria, con un regusto a placer por la derrota de un tal Tom o como carajo se llamase, del que nunca volvería a tener noticia.

Capítulo 11: Dos ruedas y mucho más puré.

Y así pasaron las horas, bebiendo, charlando… nada especial. Al cabo de un tiempo que no supe calcular habíamos recopilado una gran cantidad de vasos vacíos… fue uno, despacio, el primero se empieza con timidez, probando la suave espuma, luego se acelera hasta que queda aproximadamente la mitad de la pinta, y los siguientes tragos se hacen más cortos y cada más tiempo. Pero esto no siempre es así, cuando comienza la segunda el ritmo se vuelve frenético, y así acumulamos un vaso y otro y otro y otro hasta que nos cansamos del bar.


-Madre mía, ya voy bien… ¿a dónde vamos ahora?- comenté, rompiendo un silencio que reinaba desde hacía rato, interrumpido únicamente por los sorbos de cerveza de mi comensal y míos. Howard se empezó a reír irracionalmente -Pues vamos a La Oficina.- La verdad es que era prácticamente imposible llegar a La Oficina con vida en el estado en el que nos encontrábamos, para empezar nos pillaba muy lejos… ¡qué coño! Estaba infinitamente alejada de nuestras posibilidades de traslación, al menos eso pensaba yo.

-Joder pero si está en el quinto carajo… ¿Cómo coño vamos a llegar hasta ahí?

-Pues en mi moto.

¡Ah, sí! La moto… no recordaba. Pero no, no, era una locura, Howard apenas podía llegar al lavabo sin chocarse contra todas las mesas de la sala, no podíamos coger su moto.

-Bueno… sí, ¿por qué no?

Y una vez más contemplo impotente cómo mi cuerpo funciona y responde por sí mismo, a veces incluso con más sentido que yo. Pero hoy no, cariño, hoy no.

Es raro cómo un estado de embriaguez parcial o total se olvida el camino. Ya sabes, estar en un sitio, y llegar a tu destino sin saber cómo. Yo ya me encontraba con el casco puesto, un casco absurdamente pequeño que me presionaba las orejas contra el cráneo, sentado detrás del pelirrojo piloto, agarrado a su cintura, y a punto de despegar.

No sonó el “tres… dos… uno… ¡Ignición!” y ya estábamos a toda velocidad por la entonces húmeda carretera. Solo alcanzaba a ver la parte trasera del casco de Howard, y las luces urbanas pasando a toda velocidad por nuestro lado. El frío nocturno me había congelado los dedos, entumecido las rodillas y sonrojado la cara por donde debería de estar la visera del casco. El aire me impedía respirar bien, los ojos me lloraban, notaba el zumbido del motor en el culo mientras mis oídos retumbaban por la presión y los ruidos callejeros que solamente pasaban.

Sin previo aviso, una gran masa fangosa y caliente subió por mi esófago, al no tener aire no pude contenerla, y vomité dentro del casco, en la espalda de Howard y por todo mi regazo. No podía aguantar el olor. Dios mío que sensación más terrible… No sé cómo me mantuve a bordo de nuestra nave naranja. Ni siquiera recuerdo que pasó en los momentos posteriores. Ya estábamos en La Oficina, nos habíamos duchado, nos habíamos cambiado con ropa de Howey, y ya estábamos riéndonos descabelladamente de lo ocurrido, como si le hubiera pasado a otros.

Capítulo 10: Zanahorias y más historias.

Hay un millón de situaciones en la vida en la que el tiempo pasa demasiado despacio, ésta es una de ellas. No obstante, hay otras pocas que son tan fugaces que, a veces, dan vértigo y no se permiten atrapar, solamente, si cabe, por los que tienen cojones. Para éstas últimas yo suelo tener dos botones en la entrepierna y se escapan. Lo jodido es que la situación en sí dura unos segundos, pero la reacción posterior de pesar al no haberla aprovechado se mantiene demasiado.


Pensando en diferentes asuntos sin importancia pasé lo que me parecieron tres o cuatro horas, lo que en realidad fueron unos tres cuartos de una. Vi pasar a Howard, salía del local, y como amigo mío que era me dispuse a seguirle.

Sigilosamente me levanté, y sin mediar palabra con los inminentes ex comensales me atreví a continuar los pasos del pálido pelirrojo, que fueron calle arriba hasta llegar al Nostradamus.

Ya en la barra me acerqué del todo y me dispuse a sorprenderle por detrás mientras pedía.

-¡Qué pasa, Howard!

-¡Coño, Village! ¿Qué tal tío?

-Nada, aquí, ya ves. ¿Cómo tú por aquí? (Pues él vivía en otra ciudad)

-Pues nada, quedé con unos colegas y al final no vienen, tengo la moto ahí al lado, pero me pasé por el Rosebush hace un rato para ver si veía a alguien conocido y ahora aquí para tomar algo antes de marcharme.

-¿Qué marchar? Quédate aquí, joder, que hace mucho que no salimos juntos. Venga me invitas a una birra y luego vemos qué hace todo el mundo.

Nos giramos para pedir sendas pintas, cuando el camarero se fijó en mi cara y pareció reconocerme, con una expresión de sorpresa graciosa. Es curioso, porque llevo frecuentando esta cervecería todas las semanas desde hace por lo menos dos años y es la primera vez que me mira.

-Vaya la que liaste ayer eh-dijo sonriéndose-¿Qué os pongo, chicos?

Howard pidió las pintas mientras yo me quedé suspensivo, analizando, intentando recordar, ¿Qué había hecho yo en el Nostradamus ayer? Es más, ¿Había estado yo en el Nostradamus anoche? Madre mía, esta sensación de desconocimiento de mis actuaciones pasadas reafirmaba de nuevo la resaca, miré hacia todos los rincones, intentando que algo me inspirase algún vago recuerdo, algo que… nada, imposible, tengo demasiados recuerdos en este sitio y se mezclan todos.

-¿Estuve bien o qué?-pregunté, intentando no reconocer que no recordaba, a ver si me podía decir algo. Él se rió mientras acababa de servirnos las cervezas, y tanto Howard como yo sorbíamos los primeros tragos, intrigados.

-Bueno, tuviste suerte de que Hunter-el encargado del bar-te salvase el pellejo, aunque mejor no estés por aquí sobre las doce, porque es cuando viene y no creo que le apetezca verte.

-Vale, me rindo ¿Qué carajo hice anoche?

De nuevo se rió.

-¿No te acuerdas? Pues llegaste borracho con una chavalita así rubia, de tu edad, con el pelo corto… muy maja. Te pusiste a hablar con todos los que había en la barra, y al final les invitaste a “una ronda masiva de cervezas”, así dijiste tu, os las serví, pero tú, según fuiste a coger la tuya se la tiraste a uno por encima, y a él se le cayó la suya. Te dijo muy cabreado “Págame otra” y tú dijiste que no tenías dinero, los demás se dieron cuenta y fueron a por ti, porque tendrían que pagarse la cerveza, y Hunter dijo que invitaba la casa, pero el otro cabrón dijo que le daba igual, que te iba a romper la cara, y saliste corriendo calle abajo, pero antes metiste el pie en el agujero ese que nos pusieron al lado de la puerta, todos nos reímos y al tío éste se le olvidó toda la movida y eso fue lo que pasó ¿Cómo acabaste?

-¿Qué? ¿Qué tía?

Había asimilado bien la historia, y más o menos encajaba con el resto que conocía, pero no sabía nada de una chica. El camarero, se encogió de hombros y se fue a atender a otra gente. Howard y yo subimos al piso de arriba para sentarnos a terminar la cerveza.

Capítulo 9: Y más vueltas.

Y así pasó el sol por mi ventana, conmigo tirado en el sofá y viendo la vida pasar en la televisión. ¿De verdad queremos esto? Gastar el sucio dinero en bebida para no recordar nada, y perdernos los días sin hacer menos. Cerré un poco los ojos para evitar la visión oscilante del salón y un súbito chirrido me hizo despertar de mi trance, jodido teléfono.


-¿Sí?

-Hola Village ¿Sales hoy no?

-¿Cómo?

-Venga, joder, que hoy es sábado, sale todo el mundo.

-Es verdad, coño, pensé que ya era domingo… Pues no sé, vale pero ¿qué vais a hacer, Charlie?

-Nada… yo qué sé, lo de siempre… Bamboo Lake, Taller y no sé.

-Okey subo después de cenar que estoy tiradísimo y tengo que ducharme y todo ese rollo, venga, buen día.

-Venga, anda, ciao.

¡Maldita sea! Odio que se despidan con ciao, queda rarísimo, joder… la gente no se conforma con los “hasta luego”, “adiós”, “buen día”, “hasta otra” e infinitas locuciones más. No, tienen que hablarme en véneto y yo qué sé, no me gusta, suena raro.

En fin, fue anocheciendo y yo me di una ducha que me despejó del todo, y luego cené los restos de los restos de la lasaña, repasé la clásica triada móvil, llaves y cartera y salí a la calle bajo la luna de Alabama*.

De nuevo subí un par de calles, siempre cuesta arriba, con el maldito sabor a pasta de dientes en la boca y los pantalones caídos por el peso del dinero que hoy, la verdad, no quería gastar. Aterricé en el Bamboo Lake y pronto encontré la larga mesa donde bebían algunos de mis amigos, acompañados de más gente que sinceramente no me cae bien, es más, prefiero que se me mee un vagabundo en la acera de enfrente que aguantar media hora en esta basura de local en el que te quedas pegado al suelo si te paras un minuto. Suerte, no me vieron, me doy la vuelta y a ver si encuentro a alguien que conozca, ya iré más tarde con los demás.

Media hora después estaba sentado en el gran banquete de calimocho en el Bamboo Lake. No me mires así, joder, no encontré a nadie y yo no soy un tipo que conozca a mucha gente… al final siempre toca tragar un poco y forzar una sonrisa, y aunque no se debe decir nunca, yo de esta mierda no beberé.

*En referencia a "Alabama Song" de The Doors. NdA.

Capítulo 8: Cuando el mar te empuja hacia lo hondo.

-Paul, nos vamos, te dejo en la nevera lasaña que sobró de ayer.


La puerta se cerró, mi madre ni siquiera esperó a que contestase cualquier balbuceo o emitiese algún sonido que le confirmase que siguiese vivo. A los pocos segundos oí cómo la puerta de mi casa se cerraba y el portazo me devolvió a la realidad. Estaba en calzoncillos tirado en mi cama, mi ropa estaba hecha un amasijo apestoso de trapos revueltos por el suelo, y en mi mesa podía ver un centenar de miles de pequeñas monedas bronceadas. No, joder, yo quiero ver monedas grandes, billetes… nada.

El levantar la cabeza de mi almohada llena de babas resecas me produjo un mareo suave al principio, seguido del jodido martilleo en las sienes. Pum, pum. Mi estómago parecía una batidora medieval. Pum, pum. Mi boca reseca. Pum, pum. Legañas pétreas rodeando mis ojos. Pum, pum. No puedo quedarme aquí, necesito agua o algo, necesito frío. ¿Me echo en el fresco parqué del pasillo? Voy al baño mejor.

A ver, me retuerzo y serpenteo sobre mi cama para llegar a la puerta, entre gemidos salgo al pasillo, desde donde alcanzo a ver que tanto la habitación de mi hermana como la de mis padres están desiertas, no se oye nada en la casa. Estoy solo. Me arrastro pesadamente hasta llegar al váter. No debería narrar escenas tan grotescas como las que sucedieron en los catorce minutos siguientes, así que lo dejo en que regué el fondo del inodoro con fluidos de hasta tres orificios distintos de mi cuerpo, a cada cual más horrible y nauseabundo que el anterior, acabando con un eructo de serie de televisión y con el pelo mojado en el lavabo para refrescarme.

Al cabo de un rato estaba ya tirado en el sofá. Cualquier movimiento se convertía en dolores terribles, taquicardias, migrañas y todo tipo de ventosidades. Las distorsionadas imágenes en mi cabeza de la noche anterior se revolvían como mis entrañas. Como dijo Mark Renton: “Ya está, me quito de esta mierda”.

Es habitual y nada inusual que un joven bebedor de fin de semana como yo se atreva a pronunciar estas palabras la mañana siguiente a una noche de oficio, frases como “no vuelvo a beber en la vida” o “¡Qué asco de alcohol!” son algo que parece productivo a la hora de la resaca, aunque desconozco si a alguien le pudieron en alguna ocasión, en el lugar más recóndito del mundo, surtir efecto. Es llegar la siguiente noche, ver a la gente bebiendo, poniéndose borrachos sin razón aparente, y decir -¿Por qué no? una copa no me sentará mal, otra y ya está… tal vez una última…- Quiero decir que lo único que realmente hacemos bien los seres humanos y es una facultad exclusiva nuestra y sin igual en la naturaleza es engañarnos a nosotros mismos. De resaca todos dicen que nunca más, pero saben tan bien que lo volverán a hacer como que por sus venas circula una sangre ebria que nunca dejará de serlo, aunque… ¿Y si está vez es cierto y no vuelvo a tocar un mililitro de alcohol? Quiero decir, esta vez de verdad me lo estaba creyendo, y más cuando me toco probar los restos de lasaña reseca que mi querida progenitora había guardado en el frigorífico con tanto amor para mis ahora intolerables fauces. De verdad que hoy no.

Interludio I: Sobre ruedas, bajo globos y leche de cebada.

Me levanté muy ligero, como en una nube. No me sorprendió salir de mi habitación y estar ya en la calle, tampoco que todos los peatones llevasen patines en los pies. Bueno, realmente esto sí que me pareció lo suficientemente extravagante como para mirar mis pies para confirmar que esa sensación de ser casi diez centímetros más alto no se debía a que yo también calzase un par de esos ridículos patines.


Levanté de nuevo la mirada con una sonrisa, yo también llevaba patines, sí, pero no me sentía del todo fuera de lugar, al fin y al cabo, hasta aquel abuelo llevaba un patín en su bastón como en sus pies.

Me deslicé calle abajo por en medio de la carretera, ya que no había coches, sólo gente sentada en sillas de oficina que se empujaba con los pies, zigzagueé entre los lentos vehículos monoplaza hasta lo que parecía ser una taberna irlandesa sacada de una película. A estas alturas no me parecía raro nada de lo que veía, todo el mundo iba con un globo atado a la muñeca, los había rojos, azules y amarillos, pero no de más colores. Incluso creo que llegué a ver a Wally, -Ya lo encontré-pensé satisfecho.

Abrí la pesada puerta de la taberna, esperaba que sonase la típica campanilla, pero en su lugar sonó un tremendo bocinazo que sobresaltó a todos los viejos y gordos bebedores de la barra. Yo por mi parte protagonicé una espectacular entrada, resbalando con los patines hasta estrellarme contra el frío suelo. Aparte del pequeño susto que hizo saltar sobre sus taburetes a los clientes, nadie pareció darse cuenta de que un muchacho melenudo ataviado con unos patines hubiese irrumpido en el local de tal escandalosa manera.

Me acerqué a la barra sigilosamente, ahora ya no quería llamar la atención, sólo me apetecía una cerveza de las cojonudas, de las que te tiran la mitad de la jarra y la dejan reposar para acabar de llenártela, dejando una espuma perfecta y un sabor más, no sé, más casero, más cálido, más puro.

-Jefe, ponme una jarra de rubia.

El camarero apenas se inmutó, se movió mecánicamente, se acercó al grifo con el vaso que parecía levar limpiando durante horas, al principio pensé que me había tocado de barril nuevo, ya que al principio siempre sale mucha espuma, pero cuando vi que llenaba el vaso de eso, y me lo servía, me quedé como, en fin, ¿cómo se queda un tipo como yo cuando al pedir una cerveza le sirven una jarra de leche? Espera… Sí, era leche joder. Dios mío de esta no salgo. Me está empezando a entrar la paranoia, piensa a ver… Voy en patines, la gente lleva globos… Todo era raro, pero no lo suficiente para mí, ya me conozco. Quizás…

-¡Paul!

Sí, un segundo, un momento por favor, ahora no.

-¡¡PAUL!!

Capítulo 7: Luces al fondo para bajar el telón.

-¿¡Qué coño armaste, Village!?


Brendan estaba realmente sorprendido por mi aspecto, y entre risas me tendió la que parecía la última ronda de chupitos de mezcal. Todos me esperaban para ello y sin esperar al tradicional brindis me la bebí para que cesase el latente dolor en la oreja izquierda.


Hablaron entre ellos de la competición que se había sucedido esa noche, cuando me cansé de los “¿Te acuerdas de cuando…?” y los “Vaya ciegazo que nos cogimos…” me fui a sentar a la mesa a esperar que me trajesen la última jarra de cerveza. Cuántos recuerdos había en esas paredes… firmas anónimas y las típicas frases populares que anotaba la gente en los ladrillos, un pequeño espacio rojizo para plasmar un pedazo de tu descompuesta sabiduría con un simple rotulador. En la mesa en cambio se usaban las llaves o cualquier instrumento afilado para dejar un nombre, una fecha… Me causó cierta melancolía ver las sinuosas letras que rezaban “VILHAGE”, que decían temblorosamente que en alguna noche pasada yo había estado ahí, aunque claro sólo para mí. Para otros solamente era el nombre de un borracho, una palabra mal escrita, un garabato en la madera.

Cuando levanté la vista mis amigos se estaban despidiendo, Johnny y Brendan se acercaron para decirme que se marchaban y para preguntarme si a la noche siguiente saldría. Dije que sí, que tendrían que contarme algunas cosas y eso, pero que me quedaría un rato más para terminarme la cerveza.

Me palpé la oreja, y tenía algo de sangre, no me importó. Pagué la última jarra y me levanté pesadamente. Salí a la húmeda calle en el final de la noche y bajé las calles adoquinadas mientras una franja naranja se divisaba en el horizonte en contraste con el profundo azul del resto del cielo. No había estrellas. No para mí. Y al final llegar a casa para acostarse, y que las anteriores horas sean sólo motas de recuerdos que ni te atreves a contrastar. ¿Pudo ser mejor? Siempre. Ahora, ¿peor? No sé. Pensé “Joder ¡Qué cansancio, Señor!”. ¿Y el Señor? El Señor es un bohemio y siempre tiende a tumbarse. Ya te acordarás mañana de él.


Capítulo 6: Moscas y fango

Llego a los servicios bastante mareado, los iconos que indican qué baño es el de hombres y cuál es el de mujeres no me resultaban conocidos y me quede un buen rato apoyado en la pared intentando descifrarlos, hasta que una chica, creo que rubia, salió con trozo de papel pegado al zapato.


Abrí la puerta y le di de lleno a un pobre hombre que estaba meando, no sé qué me dijo, yo balbuceé una disculpa despreocupada y esperé a que terminase. Es curioso el hecho de que cuando estás bebido te fijas en algunos detalles que no tienen importancia aparente, como que aquel tío se lavase las manos o en el estampado de los azulejos del baño, blancos con flores anaranjadas.

Entré sin la prisa necesaria y me tomé mi tiempo para mirarme al espejo. Mi pelo largo desgreñado, mi rostro pálido con unos ojos inyectados en sangre, el cuello de mi camisa manchado con lo que parecía pasta de dientes reseca, si era así llevaría toda la noche con esa mancha y no me había dado cuenta pensé. El pantalón estaba algo raspado a la altura de las rodillas y la pernera derecha manchada hasta mitad de la pantorrilla, suerte que mis zapatillas eran negras, porque así se disimulaba el agua que tenía en los calcetines, no sé de dónde, no había llovido.

Me di la vuelta, no me lo podía creer. Ese váter era un jodido cenagal, tenía un agua verdosa con grumos de espuma amarillenta y por algunos lados rebosaba lo que parecían los tropezones de una exuberante diarrea. Algunas moscas revoloteaban ansiosas entre la mugre. Lo que más me llamó la atención es que no capté el nauseabundo hedor de tan grotesco panorama hasta que me convencí a mi mismo que eso era real y debía aceptarlo como tal.


La idea de cerrar los ojos y aguantar la respiración llegó de repente, claro que al estar tan borracho lo hice antes de bajarme la bragueta siquiera. Más o menos conseguí abrirla, pero a la hora de sacar mi instrumento fálico para mear de una vez, perdí el equilibrio, y el paso en falso que di para contrarrestar fue en pleno charco de orín, lo que me hizo resbalar y golpearme en la oreja con la pared, lo que provocó que dejase de aguantar la respiración y tomase una generosa bocanada de ese aire putrefacto.

Moralmente fue un golpe duro, ya que tuve que evacuar en una postura inclinada que aún no comprendo cómo llegué a mantener, para colmo gran parte del zumo que estaba escanciando fue a parar a mi pantalón. Cuando terminé, algo que se me hizo eterno, me giré para verme en el espejo de nuevo, tenía la cara más pálida y un chichón creciente y palpitante en la sien izquierda.

Mi cerebro ebrio seguía maquinando y me hizo creer que nadie se daría cuenta de la húmeda mancha de mi pantalón debido a la escasa iluminación, supongo que yo sabía que no era cierto, pero tampoco estaba por la labor de quedarme ahí esperando mientras se secaba, así que volví a salir con una sonrisa de como si nada hubiera ocurrido.

Capítulo 5: Más puré, cerveza e historias.

Brendan me gritó algo al oído que no pude descifrar, pero observé que me hacía señas con la cabeza hacia fuera del Babilonia, yo estaba empapado de sudor y no me gustaba realmente este sitio, así que le seguí sin preguntar, agarrando al tambaleante Johnny y arrastrándole por las escaleras hacia la calle.


En el portal de enfrente vimos a Otto con un collar de flores hawaiano, vomitando. La verdad es que normalmente me divierte y me resulta en cierto modo cómico la forma en el que la comida, a veces sin digerir, sale de un cuerpo humano. Esas convulsiones del estómago y ese sonido repulsivo… tiene su encanto, pero no cuando lo que estás viendo salir despedido de la garganta de un amigo tuyo es precisamente lo que tú mismo acabas de cenar hacía apenas unas horas, las fabulosas hamburguesas del Al’s backyard, con su carne, su lechuga, su cebolla y su tomate; en su conjunto sinónimo de perfección culinaria a un precio más bajo que nuestro nivel de cordura.

Brendan nos guió un par de calles hasta el Belgian, el primer sitio de la noche que me resulta agradable en todos los sentidos: iluminación perfecta, toda clase de cervezas y vasos limpios.

Según entramos pedí dos jarras de cerveza para Brendan y para mí, y tres whiskys con hielo para Otto, Danny y Johnny; aunque Otto no lo quiso y me lo bebí yo de un trago. Brendan y yo nos apoyamos en la barra mientras los demás preparaban un juego de mesa en la esquina del bar, empezamos a beber.

-¿Dónde está Thiago?-pregunté.

-¿No te acuerdas en serio?-me contestó sorprendido.

Yo resoplé, pensé unos segundos y dije:

-La verdad es que no me acuerdo de nada, tío. Estaba en Umbrella y luego en el Babilonia con vosotros… ¡joder, pedazo de ciego que arrastro! ¿Y qué es esto?-advertí que en mi brazo tenía escrito “Pez espada”, Brendan se rió sorprendido.

-No me creo que no te acuerdes de nada… ¿quién te hizo eso?

-No sé-respondí-tal vez sea la clave.

-¿Qué clave, tío? Estás loco, joder. Mira te voy a contar lo que hicimos a ver si te refrescas.

Brendan me contó que unas amigas suyas que me conocían de vista me habían visto llegar a Umbrella Square, luego ellas habían ido al Babilonia donde todos estaban celebrando que Otto había ganado el juego, allí se encontraron con “El Comadreja” y le contaron que me vieron, así que él se acercó por ahí y me encontró con una botella de Jack Daniels vacía tumbado en un banco. Me llevó casi a rastras hasta el Babilonia, donde me caí por las escaleras, lo que explicaba mi codo sangrante, dejé la botella en una de las cornisas de la pared para dejar los vasos y fuimos al Bamboo Lake a jugar con monedas y vasos. Charlie no fue con nosotros porque se había ligado a una polaca o ucraniana en el Babilonia y Danny nos dijo que había quedado con otra gente en ir a tomar tequila no sé dónde. Estuvimos como una hora jugando a meter monedas en los vasos haciendo que rebotasen en la mesa y bebiendo vino con gaseosa, Thiago nos dio una buena paliza porque él estaba bastante sobrio. Luego ellos quedaron en ir al Colour Side, otro garito de música actual, es decir, música para el rebaño. Brendan me dijo que yo no quise entrar y que me había ido solo a buscar a Danny, y que luego me encontraron corriendo por la calle y me llevaron al Al’s backyard, y hasta ahí ya recordaba más o menos lo que seguía.

-¿Pero dónde carajo está Thiago?-pregunté con impaciencia, yo iba ya por la segunda jarra y necesitaba mear-¿Sabes qué?-añadí-Ya me lo cuentas ahora en un segundo que voy a mear que me va a estallar la polla.

Capítulo 4: Bajo el gran paraguas.

Empecé a subir otra vez el Rosebush, -¿dónde podrían estar estos cabrones?- me oí decir en voz alta, vale, piensa… no pueden estar en ningún sitio de por aquí, además me acordé de que Johnny seguía jugando también, no sé qué hacer, tal vez podría volver con Danny al Taller y convencerle para ir a cenar algo, a Thiago no me puedo acercar, me arriesgo a perder una gran cantidad de papeles, seguí pensando en dónde carajo estaba todo el mundo cuando escuché un grito a dúo -¡Vill!- eran Kate y Chris, corrían calle abajo agitando los brazos con botellas de 2 litros de Coca-Cola y cartones de vino, sabía a dónde se dirigían y que estaba invitado. ¿Por qué no? Rumbo a Umbrella Square.


Llegamos antes de lo esperado, es de lo mejor de beber, llegar a los sitios y no recordar cómo llegaste, es una mezcla de angustia suicida y suspense intrigante. Encontramos sitio para sentarnos bajo el gran paraguas gigante que conquistaba toda la plaza, no llovía, es más, hacía una noche bastante cálida para el clima al que estamos acostumbrados. Se pusieron a mezclar sus mejunjes tintocolados cuando me di cuenta de que yo no tenía nada que beber, no me importaba acercarme a Sun Square, una calle más arriba, para comprarme un par de litros de cerveza, además podría adquirir también un buen pincho de bacón y queso para degustarlo con mi espumosa. Hablamos, gritamos, cantamos, y bebimos bajo el gran paraguas, conversaciones extrañas pero usuales en nuestro ambiente, Kate y Chris, estaban sencillamente locas, lo suficientemente locas para que yo pueda tratar de amigas, somos gente extraña, no se ya pensar, ¿qué digo? No lo sé ¿qué? Por fin hacían efecto las cervezas, no había bebido tanta, eso pensaba yo, pero ya empezaba a desvariar y a sentir esas extrañas vibraciones en los labios y las manos de abandono neuronal, que bailaban borrachas por mis tripas hasta la vejiga. ¿Dónde se mea?

Me arrastré hacia un callejón cercano, que en realidad era un borde de la misma plaza para mear, cuando tropecé con algo en el suelo, sonó como una botella, pero era más pesado, lógico, era una botella llena. Una botella sin abrir. Recuerdo una especie de luz dorada cuando leí la palabra Daniels después de la palabra Jack. Perfecto. Mi mente beoda desarrolla instantáneamente dos planes: el primero es correr con Kate y Chris para compartir el trofeo, y el segundo es bebérmelo yo.

No sé si llegue a trincarme la botella yo solo, sólo recuerdo haber perdido la chaqueta, tener una zapatilla calada y estar rodeado de gente en el Babilonia. ¡Ah! ¡Ahí está la botella! Reptando entre la multitud agarré la botella triunfante, al menos hasta descubrir que estaba ya vacía. A mi lado estaban Brendan, Danny, y Johnny, este último bastante contagiado, aunque con las luces parpadeantes el ruido atronador que invadía mis oídos y ese zumbido en la cabeza que te dice “Estás ciego” no me permitía averiguar qué coño había pasado ahí.

Capítulo 3: Cajas negras, planes secretos y vómito fresco.

Miré la hora, no recuerdo bien los dígitos pero sé que era lo suficientemente temprano para que hubiesen bajado ya a la zona antigua, para la zona de Umbrella Square, Sun Square y sobre todo la gran Monkey Street; no, seguían en la zona de Rosebush Street, y ahí era donde buscaría al ingenuo panoli que me invitaría a unas rondas de espumosa birra.


Apenas di unos pasos cuando encontré a Thiago, estaba con el punto necesario para caer en mis engaños. Me acerqué por detrás mientras él hablaba con unos conocidos suyos, y le dije:

-¡Ey! ¿Qué pasa tío? ¿Vienes a tomarte unas cervecitas aquí, al Black Box?

Parecía aturdido

–Pues… bueno anda, así me pagas la pasta que me debes ¿no?

Mierda, error número uno, no intentes engañar a alguien para que te invite cuando eres tu el que le debe dinero. No me acordaba joder, bueno, tranquilo no hay problema, para esto hay una solución tela de sencilla. Entramos dentro, y yo me ofrecí a ir a pedir mientras él cogía una mesa. Pedí las dos cervezas y antes de pagar me acerqué a nuestra mesa.

-Oye Thiago, que no tengo nada suelto, ¿puedes dejarme el dinero? Te lo devuelvo luego cuando cenemos, en serio.

Cayó como me esperaba que lo hiciese, ahora solo tenía que beber tranquilamente mientras charlaba con el de cualquier asunto de borrachos. Él rompió el hielo.

-Village, ¿qué te paso? ¿Por qué no fuiste al primer control?

-¡Ostia es verdad! Se me olvidó joder, es que Danny me distrajo y se me fue la bola totalmente. ¿Cómo van?

-Me eliminaron- resopló- es que flipas como iban, tío, yo voy bastante ciego, pero Charlie está aguantando bien la potada y ya conoces a Brendan y a Otto cómo le pegan.

-Ya… pues a mí se me bajó el morado porque me desmayé en el Dominó.-Se rió como un payaso alcoholizado-Por cierto- pregunté- ¿Qué tienes pensado hacer ahora?

-Vamos a cenar unos bocadillos.

Vale, ya se me acabó la coartada, ahora tengo que escapar de este tío en cuanto tenga la oportunidad, espero que tenga ganas de mear ahora mismo, si no tendré que usar el clásico “Espera aquí, que me están llamando al móvil y voy fuera a hablar”. Me cansé de esperar a que fuese al baño mientras me hablaba de no sé qué estupideces, cuando apuré mi quinta cerveza, decidí utilizar el plan B, simulé la llamada y fui fuera. Una vez en la calle, pensé que lo mejor era tirar para el Rosebush, pero dando un rodeo por el mercado, por si acaso Thiago salía a buscarme.

Al doblar la esquina vi a Charlie en la plaza del Ayuntamiento, sentado en unas escaleras descomiendo, supuse entonces que ya no pasaría la siguiente ronda y el ganador sería uno de los gemelos. Pasé del medio cadáver de mi amigo y me fui a buscar a Brendan y a Otto, ahora lo que necesitaba era un poco de comedia y estos personajes estarían de un ciego bastante curioso.

Capítulo 2: Luces, serpientes y whisky aguado.

Todo era negro con luces de colores muy brillantes, viajaba en una especie de serpiente mecánica, con esa sensación de velocidad que se tiene en el tren cuando vas sentado en el asiento que mira hacia atrás. Empecé a escuchar voces, risas de esas que acojonan de verdad, cada vez iba más rápido joder.


Sudoroso y más pálido que un culo recuperé la consciencia, notaba que era arrastrado hacia fuera por uno de esos camareros cachas que parecen cruasanes, que llevan esas camisetas apretadas que ponen “De puta madre” y esconden sus incipientes calvas peinándose hacia arriba. ¿Qué cojones había pasado? La cabeza me dio vueltas en cuanto me desperté y casi me desmonta una especie de huesudo moreno que se me abrazó de repente gritando.

-¡Coño Humphrey!

-¿Qué carajo haces, cabronazo? Que casi me destrozas hijo de puta.

-Venga tío, vente al Taller 81, que me espera Mirtha.

-¿Quién?... esto… paso tío, es un coñazo ese puto sitio, además, tengo que buscar a esta gente que no me acuerdo dónde quedé con ellos, es verdad, ¿qué hora es?

-Las once menos diez… venga ostia acompáñame, te invito a un cacharro.

-Bueno vale, joder.

Acompañé al puto cerdo de Danny al Taller 81, ese sitio es como un armario tumbado, largo y con el techo a metro noventa de altura, siempre estaba lleno de niñatos gilipollas cuya calentura bajo ventral provocaba temperaturas de 40ºC, y joder ahí no había aire.

Me pagó los 4 euros de un Cutty Sark con cola, aunque la botellita de un quinto de Coca-Cola se fue a tomar por el culo llena. Esa noche el objetivo era mamarse bien. La despaché de un par de tragos. Puro garrafón destinado a gargantas juveniles que se emborrachan con los hielos, así voy a tener que beberme ocho botellas para hacer eses. Nada, a mí lo que me prepara el estómago para ingerir una considerable cantidad de alcohol es la cerveza, me da igual rubia, negra, roja o de trigo; soñaba con cascadas doradas y espuma blanca y esponjosa, y este antro infernal no puede solucionar ni de lejos estos deseos que se me antojan refrescantes.

Meto brazo, hombro y empujo, así unas dos docenas de veces para abrirme paso entre la gente, cuando te acercas a la salida del Taller 81 es el momento más cruel, ya que ya no tienes oxígeno en el cerebro y sólo quieres salir, la mayoría de la gente está en el fondo, en la otra dirección, pero también entra más gente que no te deja paso para escapar. Un par de empujones, algún chinazo en el brazo y ya estoy fuera. Danny estaba dentro con su novia, me la suda, se lo que quiero, cuándo lo quiero y dónde lo quiero. Mi destino era el Jimmy’s Jazz Black Box, aunque primero tendría que encontrar a alguien porque entrar solo en estos lugares era como suicidarse con un clip.

Capítulo 1: Soplar y tragar.

Caminaba, como siempre cuesta arriba, con ese asqueroso sabor de la pasta de dientes en la boca y los pantalones caídos por el peso de todo el dinero que estaba dispuesto a gastar, ¿por qué no? Era el puto día del alcohol, y lo celebrábamos todos los años bebiendo. En realidad este era el primer año que lo íbamos a hacer, pero teníamos pensado repetirlo muchas más veces, siempre que sobreviviésemos a ésta.


A eso de las 10 de la noche nos encontramos en el Bamboo Lake, ese sitio horrendo, un puto antro infernal en el que se sirve calimocho en cantidades industriales y en el que gente como nosotros, o por lo menos yo, disfrutamos observando a esos chiquillos de mofletes sonrosados aguantando el vómito con el que esperábamos no tropezar al salir fuera. El plan era sencillo, primero teníamos que inscribirnos en el juego, para eso, nos turnamos para soplar en el alcoholímetro, aquellos que tenían algo de alcohol en aire, estaban automáticamente eliminados, recuerdo que todos pasamos la primera fase, excepto Danny Black, siempre me cayó bien ese tipo, pero el muy cabrón siempre quedaba antes con su novia… no sé cómo se llama, el caso es que ya había uno menos.

A partir de ahí las reglas eran sencillas, cuando se diese la salida, saldríamos cada uno por su lado a beber, pero no beber en plan “vamos a tomar una copa”, lo que nosotros buscábamos era una especie de maratón etílica. Cada hora volveríamos todos al Bamboo Lake y soplaríamos más, y el último de cada ronda se eliminaba. El ganador, bueno, realmente no había ganador porque no recuerdo haber concretado ningún premio material, pero supongo que se ganaría el respeto de los demás, una panda de enfermos mentales que solo quieren ver mierda, oír mierda y por supuesto beber mierda.

Estos momentos de lucidez previa al alcoholismo se recuerdan con un particular nerviosismo, sé que Brendan tenía una estrategia preparada, y Charlie conocía la ancestral técnica de combinar una serie de chupitos, a base de orujo, ron, tequila y tabasco. Yo, en cambio, quería ser original. Soy Village, joder, mi segundo nombre es Originalidad. Más bien mi mierda de estrategia consistía en improvisar, ya se me ocurriría qué beber.

Salimos rápidamente del Bamboo Lake, creo que éramos Brendan “El Comadreja”, Charlie, Johnny B., Otto, Thiago y yo. Crucé la calle rápidamente y entré sin pensarlo en el Dominó. Mierda, precisamente el lugar donde Charlie se metía sus pócimas varias. ¡Qué coño! Ya estoy aquí, voy a ganarle en su propio juego, conozco a Charlie bien y sé que muchas veces no aguanta en su estómago una cantidad considerable de estos licores, sobre todo si añades el tabasco. Los siguientes veinte minutos pueden resumirse en un consumo masivo de tequila y orujo, dejé que se tomase él el tabasco, se trata de ganar a los demás, carajo, no de pasárselo bien bebiendo. Entonces me atraganté con un chupito de ron con orujo, joder, pensé que me moría. Puede que mi garganta estuviese diciéndome “¡No más, hijo de la gran puta!” o puede que entre que me llenaban el vaso estuviese jugueteando con una moneda y sin querer entrase dentro del vaso… ni para fuera ni para dentro, fuere lo que fuere estaba en medio, Charlie aprovechaba para coger ventaja y mi cara estaba morada.